miércoles, 19 de noviembre de 2008

¡La risa, ese temible enemigo!

Año del Señor de 1989.
Un día cualquiera, en el segundo turno del campamento de Mataelpino, llegada la hora de retreta, “la tropa” - entiéndase los niños - es arrestada, (no recuerdo bien el motivo del arresto, aunque siendo un arresto general debió ser un motín en toda regla), como consecuencia del arresto todos y cada uno de los soldaditos y soldaditas debe estar en perfecto estado de revista, es decir, uniformado con su pijama correspondiente, de pie al lado de su litera en el pasillo central, (todos tenemos en nuestra imagen esas revisiones, en películas como “la chaqueta metálica”, etc.).
Los monitores nos dividimos entre los dos dormitorios, a la espera de que llegara el General al mando, que ese año era Paco.
Paco se acerco primero a la nave de los soldaditos, donde empezó a recriminar a la tropa su comportamiento durante el día. Mientras esto ocurría, en el cuarto de las soldaditas, estábamos Jesús, Pedro y un servidor, esperando a que Paco terminara de “abroncar” a los soldaditos y viniera ha hacer lo propio con las soldaditas. Nos encontrábamos sentados en el suelo, apoyados en las taquillas, intentando guardar un escrupuloso silencio, pues la ocasión lo merecía.
Después de un tiempo las niñas empiezan a notar el cansancio de estar de pie y para combatirlo la mayoría opta por apoyarse en las literas, echándose hacia atrás.
En ese momento nuestro gran Pedro Cortés, decide alterar el silencio, preguntándonos en voz baja de forma que solo nosotros pudiéramos oírlo y no las niñas, con esa inocencia que le caracterizaba: ¿OS HABEIS FIJADO QUE BARRIGUITA TIENEN TODAS LAS NIÑAS? Jesús y yo rompimos a reír, con una de esas risas contagiosas, que no puedes controlar, que al final tuvimos que salirnos del dormitorio para intentar controlarla, los monitores del cuarto de los chicos salían incrédulos a la puerta para ver que pasaba, intentando que nos calláramos porque se oía todo y la tropa se estaba tomando la bronca a guasa. Cuando ya creíamos tener controlada la risa, intentábamos de nuevo entrar en el dormitorio, pero era imposible, solo el hecho de pisar la puerta nos volvía a dar el ataque de risa, así que allí estábamos los tres en los lavabos sin poder entrar al dormitorio de las chicas a controlarlas.
Pero lo peor vino momentos después cuando Paco, algo mosqueadillo, nos dice que ahora el discurso “abroncatorio” lo debemos dar nosotros. Eso fue la puntilla, ya las risas las tenia que estar oyendo Pascual en el pueblo.
Ni que decir tiene que a pesar de que lo intentamos en varias ocasiones, fuimos incapaces de proferir palabra alguna, cada vez que nos poníamos delante de las niñas a regañarlas, nos teníamos que salir porque no aguantábamos la risa, al final las mandamos a la cama con nuestra bendición y “santas pascuas”.
Al final los regañados fuimos nosotros. Luego estuvimos varios días sin podernos mirar entre nosotros porque nos daba el descojone padre.... ¡Que grande Pedrito!.

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